Cuando se trata de “premios” lo más seguro es que pensemos en que alguien realizó algún logro destacado, alguna proeza o algo digno de resaltar; conseguir que ya no se hicieran más juegos de Call of Duty año tras año sería un buen ejemplo de un logro encomiable, si me lo preguntan a mí. Pero bien dicen que hay excepciones para todo y, paradójicamente, los premios no son la excepción.
Los Premios Darwin de los que les quiero hablar hoy se otorgan a lo mejor (o a lo peor, cuestión de enfoque) de la “poca inteligencia” humana. Tomando el nombre del creador de la teoría de la evolución, los Premios Darwin destacan a quienes, sin quererlo, dan irónicas e hilarantes “evidencias” de que dicha teoría es cierta.
Dejando a un lado los mitos y leyendas urbanas, estos premios se “otorgan” a quienes, contra sus deseos, han muerto de las maneras más cómicas/tontas que se puedan imaginar. Aunque haber muerto en pos del “buen humor” no es la única forma de recibir este premio, ya que también se puede obtener este galardón habiendo quedado estéril por hacer algo sin pensarlo dos veces… o sin siquiera una. El punto es premiar cuando la falta de inteligencia de alguien haya evitado que su descendencia continúe.
En los próximos días estaremos viendo ejemplos de estos peculiares premios.












[...] Como les platiqué hace unos días, los Premios Darwin son un excelente proveedor para el buen humor, haciéndonos pasar gratos y culposos momentos riéndonos de las muertes más extrañas, absurdas y tontas que el mundo ha visto. [...]